Al lado de la Catedral y la Giralda, este correcto restaurante parece que atesora cierta solera en la ciudad, aunque quizás, en mi opinión, no es ni mucho menos un templo al que peregrinar. Su decoración es clásica y rehuye la típica decoración de los locales sevillanos con toros, flamenco, semana santa y azulejos. El servicio justito, para que engañarnos y las copas del vino bastante "tristes" ya que pidas el vino que pidas no hay posibilidad de cambio y te has de conformar con una copa, digámoslo así, bastante vulgar y de grueso calibre.
De primeros aparecieron en la mesa los típicos boquerones fritos, el jamón de bellota y unas coquinas. Todo bien, aunque sinceramente caro ya que no hay nada excepcional y por ejemplo el jamón no está por encima de la media, ni mucho menos, en relación a cualquier bar de la ciudad (y recorrimos unos cuantos...). De segundo yo pedí lomos de dorada al horno con almejas. También correcto, aunque no excelente. Por la mesa apareció algun bacalao y creo recordar algún rabo de toro. Nadie hizo aspavientos y tampoco nadie se quejó... De beber La Vicalanda Reserva 2004, aunque con aquellas copas...En fin, bien, aunque totalmente prescindible, y en especial por el precio que no bajó de los 55 euros por cabeza...
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