Entorno decorativo impecable. Servicio perfecto, desde el carro de aperitivos con, al menos, 4 champagnes distintos hasta el fantástico despliegue de quesos. Cocina cultísima en la que el protagonista es el producto (excelente) tratado con una técnica mucho más profunda de lo que parece a simple vista. El servicio de vino es sobresaliente; copas Riedel, adecuada asesoría del sumiller, justa tenperatura de servicio. En conjunto, roza las tres estrellas Michelín que, considero, conseguirá a medio plazo. El mejor restaurante de la capital, sin duda.
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