Le debía una visita al amigo Borlán hacía casi dos años y por fín hubo oportunidad. Local coqueto, con encanto, con un espacio a la entrada dedicado al consumo de tapas con oferta de vino a copas bien escogidos. Las paredes están decoradas con estantes de botellas vacías recuerdo de anteriores reuniones de enochalados ¡qué tiempos aquellos!. En la cena nos dejamos aconsejar por Jose Luis y nos organizó un menú a base de tapas frías y calientes y después un pescado (un sapito :-)) muy, muy rico. Todo regadito con un riesling alsaciano de Weinbach. Delicioso. Ojalá tenga una buena excusa pronto para dejarme caer por Zaragoza para seguir visitando al Bole.
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