Restaurante Coc... Codrillus

Datos de Coc... Codrillus
Precio Medio:
37 €
Valoración Media:
7.8 10
SERVICIO DEL VINO:
7.0 10
COMIDA:
8.5 10
ENTORNO:
7.0 10
Calidad-precio:
8.5 10
Fotos:
0
 
País: Italia
Localidad: Isola Rossa
Dirección: Lungomare dettori, 41
Tipo de cocina: Italiana
Vino por copas: Añadir vino por copa
Precio desde 37,00 € (precio más bajo introducido por un usuario)

Teléfono


Opiniones de Coc... Codrillus
OPINIONES
1

Tras varias desilusiones y pocas satisfacciones, se nos hizo un día la hora de comer paseando por la playa de Isola Rossa. No encontrábamos nada ni que se pareciera a lo que buscábamos.

Caía el sol a plomo, estos italianos comen muy pronto, eran ya casi las 14.30 horas...

Y vimos un sitio en el que por su aspecto jamás hubiéramos entrado.

“Ccc… Codrillus” de nombre. Y el resto en consonancia con el nombre. Ya me dirás...

Como que no atraía nada.

Pero se daban las circunstancias comentadas y... "Oye, qué más da. Esta noche ya cenaremos bien. Para comer entramos aquí que al menos se está fresco y salvamos la papeleta" le dije a mi mujer. "Y además está lleno de gente, es el único que se ve con vida", me contestó.

Y entramos, pensando que lo hacíamos en la boca del lobo.

Ya sentados, relajándonos, dejando de sudar, observamos mejor.

Una casa de una altura en primera línea de playa, con una espaciosa terraza. Entre un gran árbol que había en ella y un tejadillo que se prolongaba desde el edificio, se formaba una sombra magnífica.

Un gran cocodrilo dibujado al fondo preside la terraza. Le acompañan otras pinturas étnicas... Mesas y sillas con manteles y cojines verde y amarillo vivos... No era nuestro ideal de restaurante, desde luego.

Pero curiosamente, dijimos casi a la par: "Oye, pues se está bien aquí".

Nos habían dado una mesa bajo esa magnífica sombra, pegada a un seto que delimitaba el restaurante con la calle contigua al paseo marítimo y entraba una brisilla deliciosa. No sé, algo había además que te hacía sentirte bien. Se respiraba una atmósfera de buen rollo absoluto.

Lo primero que pedimos es... ¿Lo adivinan?... ¡Premio!: un vermentino.

Les dije que me sacaran el mejor que tuvieran que fuera 2012... ¡Cómo estaba!

Fui un segundo al servicio y me fijé que el interior del restaurante estaba realmente cuidado, con la citada decoración "tribal", pero con cierto gusto y gracia y materiales de calidad.

Al salir hacía la mesa, observé que los cuadros, tanto en el interior como en el exterior, no eran precisamente étnicos aunque lo parecían. Me acerqué más y se trataba de unos cuadros realmente pintorescos, todos del mismo estilo. Reflejaban escenas de la vida cotidiana sarda, con una mezcla de costumbrismo, naif, cubismo... ¡Qué curioso y qué bonito!

Llamé a Teresa para que lo viera y quedó tan gratamente sorprendida como yo.

Al comprobar nuestro interés, se acercó a nosotros un amabilísimo italiano que frisaba ya los 60 pero con un brillo de adolescente en los ojos y se presentó como el propietario del restaurante. En un castellano perfecto nos explicó que se trataba de un pintor amigo suyo llamado Tamponi, uno de los pintores contemporáneos más reconocidos de Cerdeña.

Agradecidos por las explicaciones, volvimos a la mesa, seguimos tomando la copa de vermentino y echamos un vistazo a la carta.

Totalmente tradicional en su formato y su contenido. pues eso, ensaladas, pastas, pizzas, referencias típicas de segundo...

¿Qué esperábamos?

Pedimos y mientras tanto nos sacaron la típica panera de Cerdeña con rebanadas de pan, colines alargados y el pan sardo que hasta entonces no nos había dicho nada: como unas obleas más gruesas y cocidas de lo normal. El de Coc… Codrillus estaba de muerte. Qué delicia tomar un traguito de vermentino y un mordisco de esas crujientes y sabrosas obleas.

Tomamos para compartiresvivir:

Antipasti dil giorno. Mix de raciones pequeñitas de pescados del día, como su nombre indica. El día de autos llevaban pez espada cortado muy fino como adobado en limón, rape alangostado, gambas peladas y cocidas con apio y calamares a la romana (ahora que caigo… “a la romana”… Roma, como Cerdeña, está en Italia… ¿eh que sí? Es que soy rubio… ). Todo delicioso.

Linguine al pesto e scampi. La mejor pasta que probé en mi estancia en la isla: los linguine, sabrosos, finos, resbalzadizos al paladar; y el pesto, una locura de sabor, daba una grata sensación de frescura y naturalidad. La albahaca parecía recién machacada. Y si ya le añadías unas cigalitas de playa...

Tagliato di manzo. Una buena pieza de solomillo vacuno sellada por fuera, jugosa y sápida en su interior, poco hecho, marcados los cortes y con rúcula y tomate frescos por encima.

Pecorino alla griglia. No era sino una cortada gruesa de queso pecorino que ponen a la brasa y cuando se hace una costra por ambos lados lo sacan, le espolvorean orégano y menta y vierten encima una cucharada de miel amargosa, sirviéndolo templado. Al ser tan gruesa la rebanada no llega a fundirse, manteniendo su prestancia y logrando un tacto sublime. Una delicatessen.

Mientras comíamos, la música que nos había parecido friki, comenzó a embriagarnos. Alguna mesa de italianos tatareaba las canciones incluso moviendo levemente sus cuerpos al son de las baladas. Más tarde, sólo más tarde, nos enteramos que eran dos cantantes sardos: Marino de Rosas y Piero Marras.

Los postres… no había mucho que pensar, pues dentro del restaurante había una heladería artesanal con acceso también desde la calle. Y hacían unos helados para morirse. El gelato de menta choco, como llamaban ahí al after eight era bueno de verdad. También te agasajaban a veces con un chupito de helado de limón sobre el vertían un chorrito de mirto, un licor sardo.

Disfrutamos pues de una cocina sencilla pero honesta, cautivadora, adictiva. Tal fue así que volvimos tres veces más y degustamos sus pizzas, pescados, otras pastas… Nos encontrábamos como en casa. Nos saludaba con cariño el matrimonio de propietarios (la donna, un encanto, también es pintora amateur y sus bellos cuadros se alternaban en zonas con los de Tamponi).

En cuanto al tema vinos, tenían poquitas cosas pero muy interesantes, entre ellas un Vermentino di Gallura espléndido, Funtanaliras 2012. Correctas copas y perfecta temperatura.

Una muestra más de que “las apariencias engañan”. Lo que nos había parecido una horterada para guiris, resultó ser un restaurante auténtico sardo, con cocinero sardo, propietarios sardos, música sarda, cuadros sardos… y comida sarda auténtica.

El último día no nos pudimos resistir y le preguntamos al propietario si era consciente de lo contradictorio de esa imagen externa con la realidad del negocio y contestó que sí, que sabía que mucha gente no entraba, pero que él era así, que llevaba ahí ¡45 años! y que seguía siendo un soñador…

Pues… ¡no cambies mio amico!

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