Primera visita a este clásico de Barcelona... será la última. Local bien ubicado, de estética pseudo-modernista, aunque anticuado, mal organizado, pésima conservación de vinos (las botellas dispersas por cualquier lado). De primero unos raviolis que no sabían a nada y de segundo un chateubriand correcto. La carta de vino, a la antigua y con precios desorbitados dado el chaqué del restaurante. Lo único positivo, el servicio, excelente. Lo peor, los precios...180 euros, 2 personas, para comer normal, lo que puedes comer en cualquier otro restaurante por 50 euros, me parece pagar por esnobismo, pero, ni eso...
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