Como dispongo de un lugar chulo y al aire libre y, además me sobra espacio, voy a dar de comer a la peña.
Me explico:
Llegamos (sin reserva) y nos asignan una mesa que para dos personas resultaría justita a pesar de que éramos 4 personas. Dos adultos y dos niños.
La carta consiste en tres pizarras que como midas 1,85 m. te tienes que agachar para poder leerlas. Tienen un único pescado (ventresca de bonito) a 18 € que estaba agotado.
Unas bravas (crudas), 1/2 tomate con cebolla, calabacín relleno y huevos estrellados con foie i trufa (huevo a la plancha, 5 gr. de foie en virutas y un poco de aceite de trufa sobre un lecho de patatas fritas) fueron los entrantes que compartimos. Como segundos un solominllo de buey, unos tacos de presa de ibérico, una hamburguesa y una par de canelones de pescado. En todos los casos la guarnición una hojita de hoja de roble, una lámina de champiñón y medio tomate cherry. Todo servido en platos sólo un poco mayores que los de café con leche.
Tengo que decir que las tres carnes estaban muy buenas, no así los canelones, que no sabían a mucho.
La cubertería, de la señorita Pepis y encima no teníamos cuchillos, que pedimos y fueron llegando por entregas, primero uno, después otro, el otro y el otro.
Incluso mis hijos ( 6 y 10 años) pasaban vergüenza ajena.
La bebida no podía ser menos. La naranjada y la cola de los niños tal cual, sin hielo ni nada. La carta de vinos, digna de estudio: ni un solo rosado, ni uno. En Gualta,al lado de Torroella de Montgrí, en pleno Ampurdán y sólo tienen dos vinos de la D.O. Empordà, un blanco y un tinto. También creo haber contado más Champagnes que Cavas. Tal y como sospechábamos el vino no lo tenían a temperatura por lo que tuvimos que pedir cubitera. Copas pasables.
De postre no tienen más que algún pastel comprado. Comimos "rus" de La Bisbal a 5,50.-€.
Para acabar café nespresso.
Quieren ser tan originales en todo que al final resulta "cutre salchichero". Las sillas, todas diferentes, son un ejemplo. A media cena mi hijo pequeño me pidió cambirme la silla por incómoda. Parecía arrancada de un Jeep de la 2ª guerra mundial.
Por suerte, al final acudimos a la zona de copas y jugamos dos partidas de billar mientras tomábamos dos gin & tonic muy bien hechos y pudimos descargar la mala leche acumulada durante la cena.
Volveremos a tomar alguna copa después de cenar en algún restaurante vecino, pues el entorno y la música lo merecen, pero para cenar no me vuelven a ver el pelo.
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