Descubrimos este restaurante mi marido y yo por casualidad, ya que se encuentra "escondido" entre una gran pinada. Es un sitio muy acogedor y familiar, pequeño y decorado con gusto. Al llegar nos recibió el dueño del local que fue el que nos atendió junto con un camarero y una camarera durante la comida. Nos recomendó un arroz meloso con setas y gambas que nos dejo boquiabiertos, igual que el resto de platos que pedimos como entrantes. Todo muy bien elaborado y casero, incluso los postres, una delicia al paladar si eres amante del chocolate(la tarta de chocolate y avellanas un 10).
La carta de vinos es amplia y el precio muy de acuerdo a la calidad que se sirve.
Desde entonces hemos vuelto un par de veces más.
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