Tintos modernos: ¿Qué hacer con ellos?
Si en la suerte de la elección ha escogido otro tipo de vino, enhorabuena, le ha tocado la lotería. A lo mejor encontró un vino original y complejo, con un bonito color brillante, con una buena acidez en boca que le permita tomarlo con la comida, es decir, beberlo en vez de comerlo. Tenga igualmente cuidado con la DGT porque, a pesar de tener sólo 12,5% o 13%, seguramente se terminará la botella. Será un vino que le invitará a beber y que completará la comida a la que acompañe en vez de aplastarla. Probablemente encontró una esencia sutil para disfrutar en vez de un perfume empalagoso.
Pero, ¿se hacen vinos así? Pues en España cada vez menos por diferentes razones. Las bodegas apuestan por vinos elaborados con uvas bien maduras, con fuertes extracciones, con maderas nuevas y todo ello forma parte de un proceso tecnológico y de mercado. Hace ya algún tiempo que en España es difícil encontrar un vino infame como pudiera ocurrir antaño. Este es el lado bueno del proceso de tecnificación emprendido hace años por los bodegueros. El lado malo: todos son iguales, o casi. Los elaboradores parecen haber encontrado la receta de los tintos resultones. Esa molesta acidez que puede suplirse con unas uvas recogidas al borde de la sobremaduración, si hablamos de vinos de gama alto y bajo rendimiento, o proceder de los abonos, si hablamos de cepas de alto rendimiento. Esas maderas viejas que permiten transmitir al vino notas sutiles durante largo tiempo han sido sustituidas por maderas nuevas en las que la madera, el tostado y la porosidad de la barrica aseguran un toque rápido y eficaz… Todo nos lleva a lo mismo: vinos resultones. Parece la receta del éxito.
Alguien podría pensar que soy un snob. ¿Qué hay de malo en la popularización del tinto agradable, resultón, fácil? Por supuesto, nada, si no fuera porque esta tendencia del mercado va arramblando con los vinos diferentes y arrastrando a las bodegas que los elaboran a la “tendencia del mercado”. ¿Es que no puede haber sitio para todos? Pues parece que no y esto empieza a cansar a ciertos consumidores, al menos a mí.
Pero volvamos a la pregunta inicial y hagamos el planteamiento al revés: ¿qué es lo que no se puede hacer con ellos? Desde luego, comer. Se trata de vinos pesados, cansinos por la falta de acidez, el exceso de grado y de potencia aromática. Si lo ha pedido en un restaurante seguramente se lo terminará porque va a pagar una fortuna por él, pero le costará. Además no tendrá con qué tomarlos. Prácticamente cualquier plato quedará sepultado bajo su persistencia y sus papilas gustativas castigadas como si hubieran corrido una maratón gastronómica. Son vinos adecuados para cocciones y reducciones ya que más bien se comen en vez de beberse. Si le apetece darse el capricho, pruebe a cocinar con alguno de ellos una bourguiñon de buey o caza y acompañe el plato después con un rioja clásico o, incluso, con un vino blanco. Yo preparé así un faisán que cazó mi vecino, cocido con un priorat. Otros maridajes perfectos son aquellos antaño prohibidos; si le queda un poco de vino al terminar la comida no tenga cuidado en tomarlo tras el café o pruébelo con algún chocolate a guisa de porto. Ahora bien, si puede elegir, disfrutará más de un buen vintage (o un nacional si tiene usted “posibles”) o algún tinto de licor. ¡Ah! no se olvide de llamar al restaurante con siete u ocho horas de antelación para que se lo vayan jarreando.
En general, no soy amigo de guardar vinos pero con los modernos, en particular, me estoy llevando grandes decepciones. Bien porque todavía están en esa etapa en la que se cierran sobre sí mismos (como dice Juan), bien porque se han pasado, no termino de encontrar el mejor momento en la guarda de los vinos modernos. Eso sí, cada año desde hace siete u ocho, abro una botella de un gran Pomerol del que compre hace tiempo unas cuantas botellas y que no deja de mejorar (y de sorprenderme). En cambio, hace aproximadamente los mismos años, un profesional amigo de la peña dijo durante una cata para referirse a un tinto de corte moderno: “estos taninos dulces se van a venir arriba con el tiempo”. Yo, pardillo, pensé en hacer caso a los profesionales e hice acopio del vino mencionado. Al cabo de algunos años empezaban a destacar las notas de sobremaduración sobre lo demás, notas pasificadas y de corteza de naranja confitada que tanto gustan a mi amigo Alessandro y que yo no acabo de apreciar en los vinos tranquilos. Cierto que se necesita una estructura para que el vino evolucione a mejor pero, ¿y la acidez? Pues parece ser la gran olvidada. En resumen, su evolución, como pasa siempre con cualquier vino, es una incógnita, pero yo me temo lo peor a medio plazo.
Así es que sólo nos queda presentarlos en concursos de cata o quedar bien con ellos incluyéndolos en un regalo de prestigio. Parecen nacidos para este propósito como los perros con pedigrí: ganar los concursos de belleza. Y es cierto, a veces uno cae en la trampa de pensar que un vino es para concursar y no para acompañar la comida. Porque, debo decir, yo no creo en eso de los vinos “para reflexionar”. No hace mucho me encontré a mí mismo penalizando en cata un vino del Rosellón por el exceso de acidez y un punto amargoso final. Como después comimos con el vino, la botella cayó y al final de la comida pensé: pero que estupidez, si el vino me ha gustado, lo hemos terminado a gusto (podría haberle sacado el aire con el popy-wine). ¿Por qué penalizarlo y no premiarlo? Al fin y al cabo ha superado la prueba de la comida con éxito.
Me doy cuenta de que la sutileza y la elegancia, en general, son más difíciles de valorar que la exuberancia. En el binomio potencia-elegancia, Parker vs. Robinson, me quedo con la dama. Sin embargo, no puedo dejar de preguntarme si no hay un término medio y no nos habremos pasado de vueltas. Sin duda lo hay y ese es el verdadero reto para el consumidor: el equilibrio. Equilibrio en boca, en nariz… y en bolsillo. Pero siento a la vez que, en el extremo más clásico, se está perdiendo también un cierto estilo de elaborar vinos.
Y respecto a los obsequios, ¿qué decir? Muchos de estos vinos parecen diseñados para ser regalados: bonita presentación, calidad avalada por los expertos, precio elevado. Yo los he recibido con los mejores parabienes y he pensado: vaya, si hubiera sido de otro tipo -seguramente más barato- me hubiera gustado más. Pero yo también he pecado. Por asegurar el tiro, alguna vez he comprado alguno de ellos. De esto hace algún tiempo porque ya he decidido regalar sólo los que a mí me gustan. Mal que les pese a los obsequiados que posiblemente no conozcan ninguna de las etiquetas del obsequio.
Parece que hemos iniciado un camino irreversible, una moda que todo lo arrasa. Parece que ya no hay demanda suficiente para determinado tipo de vinos y las bodegas, también creadoras de tendencias, han inundado el mercado con una inflación de marcas en una carrera hacia la “modernidad”. En el recientemente celebrado VI Encuentro Verema, por cierto sensacional, durante la inolvidable cata de apertura a cargo de la Bodega Marqués de Riscal, un asistente lamentó que el lanzamiento del “Barón de Chirel” en su momento diera también el pistoletazo de salida al alza de precios en los vinos de Rioja. Yo más bien lamento que fuera la época del principio del fin de un estilo, de una forma de elaborar. Por el contrario, considero que el reajuste en los precios era necesario para mejorar la calidad y corregir determinados aspectos perniciosos de una tendencia de los 70-80: “la riojitis”, causa de grandes infamias embotelladas. Desde luego, en aquella cata que enfrentó a dos clásicos con tres modernos, me quedo con el Marqués en su pugna fratricida con el Barón, por no hablar del plebeyo. El problema, sin embargo, es que dudo que ningún Barón llegue a vivir lo que los Marqueses (¡Vaya 1964!). Espero, desde el geriátrico, poder llegar a probar alguno de éstos alrededor del 2040 para ver si tenía razón o no. En todo caso, y a más corto plazo, el resultado para mí es que cada vez bebo menos vino tinto; ¿le pasa a usted lo mismo?
En mi fuero interno pienso que esta moda pasará, que volverán los vinos clásicos. O como dice mi amigo Vicente, que luego nos presenta una cata de cuatro tintos modernos: “Volverán los Riojas clásicos”. El problema es que cuando llegue ese momento quizás sea demasiado tarde. Es decir, que cuando los consumidores estemos hartos ya no se puedan-quiera-sepan hacer vinos de corte clásico.



